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Síntomas: Lumbalgia y agotamiento, ¿qué es lo que tengo?

Samantha, camarera que pasaba casi todo el día de pie, rara vez se enfermaba. No obstante, en octubre de 2017 empezó a sentirse fatal. Se sentía cansada todo el tiempo y llegó a pensar que tenía gripe. En el restaurante, lo único que quería era esconderse bajo una mesa. Sus clientes habituales habían notado que algo andaba mal.
También comenzó a experimentar un dolor punzante intermitente en el lado derecho de la espalda baja. Sus micciones eran turbias, lo que la hizo suponer que padecía una infección de vías urinarias o, en el peor de los casos, un cálculo renal.

Como su situación no mejoró al cabo de dos semanas, Samantha acudió a consulta con el médico, quien solicitó un análisis de orina. Los resultados no mostraron infección alguna, así que pidió una muestra sanguínea y una tomografía computarizada de los riñones.
Al día siguiente, el facultativo la llamó por teléfono para decirle que, si bien no tenía cálculos, sus concentraciones de creatinina, un producto de desecho, estaban elevadas. Además, habían encontrado sangre y proteínas en su orina. Dado que los hallazgos le resultaban inexplicables, el médico la refirió a la sala de urgencias de la Clínica Mayo.

El nefrólogo Andrew Rule determinó, con base en análisis de sangre adicionales, que los riñones de la paciente se estaban deteriorando rápidamente; para él, algo estaba inflamando los glomérulos, redes de diminutos vasos sanguíneos en dichos órganos cuya función es filtrar residuos. Rule solicitó más exámenes con objeto de descartar otras causas, como lupus, y recetó altas dosis de corticosteroides buscando contener la inflamación.

“El tiempo es crítico para los riñones”, señala. “Si dejan de funcionar, el daño puede ser irreversible”. Rule descubrió que la sangre de Samantha contenía ciertos anticuerpos, creados por su sistema inmunitario, que atacaban a los glomérulos. En esos casos, los grupos de frágiles vasos sanguíneos renales se deterioran y sangran. Si el problema no se trata pronto, los pacientes pueden sufrir daños irreversibles y llegar a morir.
Este inusual padecimiento, conocido como enfermedad por anticuerpos contra la membrana basal glomerular, suele aquejar a jóvenes en sus 20 o a pacientes mayores de 60 años. Los médicos siguen sin entender el porqué de estas diferencias de edad y ciertos aspectos adicionales de la afección. “Ni siquiera sabemos qué detona la producción de estos anticuerpos”, admite Rule.
El tratamiento, que debe iniciarse a la brevedad, consta de corticosteroides, quimioterapia y, a veces, ritu-ximab, un anticuerpo. A Samantha también le extraían la sangre a diario para filtrarla y volver a introducirla junto con plasma donado.
Había pasado una semana desde el inicio del tratamiento y los niveles de creatinina de la joven seguían elevados, así que los médicos instituyeron diálisis (tres sesiones semanales) a fin de suplir a los riñones enfermos.
Tras 18 días, los anticuerpos cedieron lo suficiente como para enviar a la paciente a casa. Siguió en diálisis, pero llegaría el punto, según dijeron los especialistas, en que necesitaría un riñón nuevo.
Un par de días antes de Navidad, Samantha recibió una maravillosa noticia que la tomó por sorpresa: el tratamiento estaba surtiendo efecto, la agresión de los anticuerpos se había atenuado y, además, había recuperado algo de su función renal. “No nos esperábamos esto”, dice Rule, y explica que, si bien muchos de los glomérulos de la mesera presentaban daño irreversible, otros seguramente empezaron a trabajar de más. Ya no necesita diálisis y mucho menos un trasplante renal.
Samantha ya está de vuelta en su empleo. Aunque el funcionamiento de los órganos no se restableció por completo, ella hace todo lo posible por mantenerlos saludables, lo cual incluye limitar su ingesta de sal y potasio. “Unas 40 personas me ofrecieron uno de sus riñones”, relata. “Pero yo no quería un trasplante, quería quedarme con el mío”.

Artículo de www.selecciones.com.mx

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